Los primeros 100 días: ¿vamos bien?
Este Radar examina cómo, pese a resultados macroeconómicos positivos al cierre de 2025, un crecimiento basado en consumo enfrenta riesgos en 2026 por la falta de inversión y mayor incertidumbre externa.
¿Vamos bien? La pregunta parece sencilla, pero responderla exige ir más allá de los grandes números. Honduras cerró 2025 con 3.8% de crecimiento económico, aumento en la tasa de participación laboral, inflación dentro del rango de tolerancia, reservas en máximos históricos y riesgo país a la baja. Vista así, la foto es alentadora. Pero cuando se descompone ese crecimiento, lo que aparece es una economía que se sostuvo casi enteramente del consumo — alimentado por remesas récord, precios del café históricamente altos y gasto público en año electoral — mientras la inversión fue nula. A esto se suman presiones estructurales que siguen latentes: un sector eléctrico con pérdidas elevadas y una ENEE altamente endeudada, y un mercado laboral donde un tercio de los asalariados gana menos del mínimo.
Y los tres motores del consumo de 2025 enfrentan vientos en contra en este nuevo año: las remesas se moderan, los precios del café corrigen levemente, y el espacio fiscal se estrecha. Si esos pilares pierden fuerza, el crecimiento de 2026 tendría que venir de la inversión — pública o privada. Del lado público, el presupuesto reformulado apunta a austeridad y la cantidad de inversión será menor. Del lado privado, hay pasos incrementales en la dirección correcta — la adhesión al CIADI, la mejora en la perspectiva de S&P, la Ley de Empleo Parcial — pero sin señales de una estrategia económica clara. A esto se suma un entorno externo que complica: el conflicto en Medio Oriente disparó los precios del petróleo, la incertidumbre arancelaria con Estados Unidos persiste y preocupaciones por la intensificación del fenómeno de El Niño a partir de junio.
Este Radar examina esas tensiones: una economía con buenos indicadores macro pero con bases frágiles, en un momento donde el margen que tiene Honduras — reservas, flujos de divisas, estabilidad de precios — no es permanente.
Contexto internacional: dos frentes abiertos que revelan la vulnerabilidad
A finales de febrero, Estados Unidos e Israel iniciaron operaciones militares contra Irán. La respuesta iraní fue el cierre efectivo del Estrecho de Ormuz, vía por la que transita el 20% del petróleo comercializado mundialmente. El efecto sobre los precios del petróleo fue inmediato: el WTINota al pie 1[1], que enero promedió 60 dólares por barril antes de la escalada del conflicto, cerró el primer trimestre arriba de 100 dólares.
Figura 1
Precio del petroleo diarios WTI, Enero 2021 - Abril 2026 (USD/bbl)
Para Honduras —un país que no produce petróleo y que destina en promedio el 15.2% de sus importaciones de mercancías generales a combustibles— el impacto se transmite por varias vías que se refuerzan entre sí. La factura petrolera del año se eleva significativamente respecto al promedio de 67 dólares por barril registrado en 2025 (BCH, 2026), demandando más dólares y presionando las cuentas del sector externo. Al mismo tiempo, la temporada seca reduce la generación hidroeléctrica y obliga a depender más de la generación térmica —que cerró 2025 con un 41% de la oferta eléctrica—, justo cuando el insumo que la alimenta se ha encarecido. Y el alza de los combustibles se traslada primero a los costos de transportes y después, gradualmente, al resto de la estructura productiva, con impacto final sobre el consumo de los hogares. Lo que revela el episodio va más allá de la coyuntura energética: la vulnerabilidad de Honduras ante shocks externos es estructural.
Las opciones de contención inmediata son pocas. Honduras, como varios países de la región, ha optado por subsidiar parte del incremento en combustibles. El problema es conocido: estas medidas alivian el bolsillo en el corto plazo pero presionan las finanzas públicas, y se vuelven insostenibles si los precios del crudo se mantienen elevados por un período prolongado.
Las proyecciones más recientes del Fondo Monetario Internacional (FMI) ilustran el cambio de panorama: en octubre de 2025 estimaba una leve caída en los precios de la energía para 2026; en abril de 2026 proyecta un alza del 19%, con el petróleo subiendo un 21.4% respecto a lo previsto antes del conflicto. Si la guerra se prolonga, el crecimiento global podría caer a 2.5% — frente al 3.4% proyectado antes del conflicto — y la inflación escalar a 5.4%. El golpe en el crecimiento económico de las economías emergentes importadoras de energía sería más del doble que sobre las economías avanzadas.
En paralelo, la política comercial de Estados Unidos mantiene un entorno de incertidumbre. En febrero, la Corte Suprema anuló los aranceles que el presidente Trump había impuesto por decreto ejecutivo sobre casi todas las importaciones al país, estos fueron reemplazados de inmediato con un recargo temporal de 10% sobre los productos que entran a Estados Unidos, vigente por hasta 150 días. En marzo, la oficina comercial del gobierno estadounidense (USTR) abrió además una investigación sobre trabajo forzoso que incluye a Honduras, sin sanciones inmediatas pero con potencial de escalar.
Este entorno ha reactivado negociaciones comerciales en todo el mundo. El FMI destaca que la incertidumbre arancelaria ha incentivado a un número creciente de países a cerrar acuerdos pendientes o iniciar nuevas alianzas para proteger su acceso a mercados clave. Para Honduras la exposición es alta: Estados Unidos es su principal socio comercial, con un intercambio de bienes de 12,500 millones de dólares en 2025 y exportaciones hondureñas de 5,500 millones de dólaresNota al pie 2[2], por lo que cualquier deterioro en esa relación tiene consecuencias que se sienten en toda la economía.
Inflación: dentro del margen de tolerancia, pero con el combustible pisando el acelerador de los precios
El primer trimestre de 2026 cerró con una inflación interanual de 3.94%, dentro del rango de tolerancia del BCH (4.0% ± 1.00 p.p.), pero con una trayectoria que cambió de dirección en marzo.
En enero y febrero el ritmo de la inflación se redujo respecto al cierre de 2025, durante estos meses los principales incrementos de precios se explicaron por algunos servicios y alquileres. Fue en marzo donde se marcó el punto de inflexión: la inflación interanual llegó a 3.94% y la mensual a 0.72%, la más alta de los últimos doce meses. Un dato resume lo ocurrido: la categoría de transporte aportó casi dos tercios de la inflación mensual de marzo. La explicación es debido al alza de los combustibles. Solo en Tegucigalpa, entre enero y marzo se acumularon aumentos considerables: alrededor de 28 lempiras en la gasolina superior, 22 en la regular, 33 en el diésel y 52 en el keroseneNota al pie 3[3].
Figura 2
Inflación interanual, 2025-2026 (%)
Figura 3
Inflación mensual, 2025-2026 (%)
Figura 4
Evolución del precio de los combustibles, Tegucigalpa, 2026 (Lempiras)
Lo que vemos hasta ahora es el efecto de primera vuelta: el encarecimiento del transporte de personas y bienes a través del país. Pero el combustible no solo mueve vehículos, también mueve mercancía, genera electricidad y entra en los costos de prácticamente toda la cadena productiva. Cuando ese encarecimiento se traslada a tarifas de transporte, energía eléctrica y costos logísticos, comienzan los efectos de segunda vuelta. Las señales de esa transmisión se encuentran en el horizonte cercano, los ajustes en las tarifas eléctricasNota al pie 4[4] para el siguiente trimestre y los aumentos anunciados en el transporte público apuntan a una propagación más amplia en los próximos meses.
Como estrategia de contención, el gobierno decidió dar continuidad a los subsidios a energía y combustibles, absorbiendo el 50% de los incrementos semanales en el diésel y gasolina regular y congelando el precio del gas licuado del petroleo (GLP). El costo fiscal es significativo y ya ha sido reconocido por el ministro de Finanzas, quien mencionó que el Estado gasta más de 90 millones de lempiras semanales en subsidios de combustibles.
En definitiva, el choque de combustibles —con más de quince semanas consecutivas de alzas— pone a prueba la estabilidad de precios en una economía que importa cada gota de petróleo que consumeNota al pie 5[5]. Las presiones ya visibles en marzo se reforzarán mientras los precios internacionales del crudo sigan elevados. A eso se suman los posibles efectos fiscales del subsidio en el déficit fiscal y la deuda pública. Todo esto subraya algo que va más allá de la coyuntura, mientras Honduras siga tan dependiente de combustibles fósiles, cada conflicto geopolítico se convertirá en un episodio inflacionario.
Crecimiento económico: 3.9 pp de consumo, 0 pp de inversión
Honduras cerró 2025 con un crecimiento del PIB real de 3.8%, ligeramente por encima del 3.6% de 2024 (BCH). Si bien es positivo crecer, cuando se descompone ese 3.8% lo que aparece es una economía que creció gracias al consumo doméstico impulsado por ingresos externos extraordinarios (remesas y mejores precios), sin traducir esta bonanza en más capacidad productiva. Y es esa composición — más que la cifra — lo que define el punto de partida para 2026.
Figura 5
Contribución al crecimiento del PIB real, 2025 (puntos porcentuales)
El gasto de consumo fue, con diferencia, el principal motor: aportó 3.9 puntos porcentuales (pp) del crecimiento total, alimentado por un flujo de remesas récord — equivalentes al 31% del PIBNota al pie 6[6]— y por un mercado laboral con mejoras moderadas en participación (aumentó 2.4 pp interanualmente) y empleo (la tasa de desempleo descendió 0.3 pp). En un año electoral, también fue clave el aumento de 7.3% del consumo público. En la otra dirección, las exportaciones netas restaron 3.1 pp: Honduras vendió al mundo prácticamente las mismas cantidades que en 2024, pero a precios mucho más altos — empezando por el café, cuyo valor agregado nominal se duplicó, casi enteramente por efecto precio.
¿Y la inversión? Fue esencialmente nula. La formación bruta de capital fijo cayó -0.1% en términos reales, con la inversión privada contrayéndose levemente. Las tasas de interés altas — relacionadas al aumento de la TPM a 5.75% a finales de 2024 — golpearon directamente a la construcción y bienes raícesNota al pie 7[7], mientras que la incertidumbre en contexto electoral también pudo haber afectado el ritmo de la inversión. Desde los sectores productivos, la lectura es similar: el sector que más creció fue la intermediación financiera (+11.3%), capitalizando los mismos márgenes altos que quizá impactaron al resto de la economía, mientras que la maquila textil cayó por tercer año consecutivoNota al pie 8[8] —un sector que genera más de 82,000 empleos directos se contrae en silencio.
Los primeros datos de 2026 no muestran un quiebre en el ritmo. La variación acumulada de la serie tendencia-ciclo del IMAE se ubicó en 4.1% a febrero, casi en el mismo punto que 2025 (4.0%) —. Pero la composición cambia: el componente de "Otros Servicios" — que incluye administración pública e impuestos netos — cayó -31.8% en febrero, el reverso del impulso fiscal y electoral de 2025. En contraste, los sectores productivos arrancan en terreno positivo: agricultura (+3.7%), manufactura (+3.1%), comercio (+3.3%).
El FMI proyecta un crecimiento de 3.3% para Honduras — por encima del promedio latinoamericano de 2.3%, pero por debajo de 2025. El BCH, en su Programa Monetario 2026-2027, sitúa el crecimiento en un rango de 3.0% a 4.0%, aunque advierte que el balance de riesgos está sesgado a la baja. Los riesgos son concretos: las remesas se moderan (crecen 11% en el primer bimestre frente al 26% de 2025), el shock petrolero erosiona el poder adquisitivo, y el presupuesto reformulado plantea un gasto público más contenido.
Si los pilares que sostuvieron el crecimiento en 2025 pierden fuerza, el empuje tendría que venir de la inversión — precisamente el componente que estuvo ausente. Hay señales incrementales en la dirección correcta: la adhesión al CIADI, la mejora de la perspectiva soberana por Standard & Poor's (S&P) (de negativa a estable), la ampliación del régimen de importación temporal y la negociación arancelaria con EEUU. Pero desde la dirección contraria, eventuales medidas para contener las presiones inflacionarias podrían encarecer el financiamiento de nuevas inversiones.
Sector externo: la bonanza se sostiene, el entorno se complica
2025 fue, para el sector externo hondureño, el año de los récords. Las remesas cerraron en 12,212 millones de dólares, el valor exportado de café se duplicó, y la cuenta corriente registró un superávit por primera vez desde 1990 —excluyendo el año atípico de 2020. Las exportaciones totales crecieron 24.9%, las remesas 25.3%, y el déficit comercial de bienes se redujo en más de 900 millones de dólares respecto a 2024.
Sin embargo, como vimos en la sección de crecimiento, la bonanza de 2025 fue fundamentalmente un fenómeno de precios: las exportaciones reales cayeron -0.4%. El café lo ilustra con nitidez: su valor exportado se duplicó, pero el precio por saco pasó de 193.6 a 338.0 dólares (+74.6%) mientras que el volumen creció un más modesto 27%. Su peso dentro del valor agregado agropecuario saltó de 25% a 39% en un solo año, casi enteramente por efecto precio. Los primeros datos de 2026 sugieren un cambio en la composición de esa dinámica. En enero-febrero, el valor exportado de café alcanzó 775 millones de dólares— 52% más que en el mismo período de 2025. Pero a diferencia del año pasado, el impulso viene del volumen: los sacos exportados crecieron 47.1%, mientras que el precio promedio se estabilizó en 349.9 dólares por saco, apenas 3.5% por encima del nivel de 2025. Si esta tendencia se sostiene, Honduras estaría exportando más café, no solo más caro — una señal más alentadora para la sostenibilidad del sector externo.
Las remesas crecieron 11.2% en el primer bimestre —se moderan respecto al 26% de 2025, pero siguen muy por encima del promedio histórico. Y las reservas internacionales alcanzaron 10,860 millones de dólares en marzo (6.6 meses de importación), sumando 641 millones solo en el primer trimestre.
Figura 6
Remesas acumuladas a febrero de cada año, 2004 - 2026 (millones de dólares)
Figura 7
Precios y cantidad de exportaciones de café, 2004 - Feb 2026
Pero estos buenos datos llegan en un momento donde las condiciones externas se complican. El shock petrolero descrito en la sección de contexto internacional encarece la factura de importación de combustibles —el rubro que más dólares consume después de bienes de capital— y podría contrarrestar parte de la mejora en la balanza comercial lograda por las exportaciones. Del lado comercial, la incertidumbre arancelaria con Estados Unidos persiste, y una desaceleración más pronunciada de la economía estadounidense reduciría simultáneamente la demanda de exportaciones y el flujo de remesas —los dos pilares que sostuvieron el sector externo en 2025.
Del lado positivo, Honduras registró superávit bilateral tanto con EEUU como con Europa en enero, donde la recuperación del banano —si se sostiene— diversificaría una canasta exportadora demasiado concentrada, sumado a un colchón de reservas da margen para absorber presiones cambiarias. El desafío sigue siendo el que planteamos en el Radar anterior: convertir los ingresos extraordinarios en mejoras productivas duraderas —renovación del parque cafetalero, preparación para el EUDR, reactivación de la maquila— antes de que el ciclo de precios cambie.
La ENEE arrastra una crisis financiera y operativa sin señales claras de solución
A febrero de 2026, la ENEE acumula una deuda de 4,400 millones de dólaresNota al pie 9[9] —alrededor del 26% de la deuda total del Sector Público No Financiero (SPNF)—, con facturas vencidas a generadores que rondan los 790 millones de dólares (Figura 8)Nota al pie 10[10].
Figura 8
Activos y pasivos de la ENEE, 2016 - 2026 (millones de dólares)
El sistema registra pérdidas superiores al 38% de la energía generada. Sin embargo, la tarifa aprobada por la Comisión Reguladora de Energía Eléctrica (CREE) solo permite recuperar hasta un 15% de esas pérdidas a través de la tarifa. El resto —equivalente a unos 500 millones de dólares durante 2025— corresponde a pérdidas en exceso: energía que ingresa al sistema pero no genera ingresos (Figura 9)Nota al pie 11[11]. Aunque el costo monetario de pérdidas se redujo a mediados de 2025, esa mejora respondió a una caída en la tarifa de la CREE, no a ganancias de eficiencia (Figura 10). Y el margen entre la tarifa aprobada y el costo de generación se estrechó en el cuarto trimestre, limitando la capacidad de cubrir costos de transmisión, distribución y servicio de deuda.
Este deterioro financiero converge con una restricción de capacidad: tras casi una década sin licitaciones, se proyecta un déficit de más de 1,000 MW para 2029, en un contexto donde los tiempos de inversión hacen difícil cerrar esa brecha en el corto plazo.
Figura 9
Pérdidas en exceso, 2025 (millones de dólares)
Figura 10
Tarifa promedio vs. costo de generación (HNL/kWh)
A esto se suma la incertidumbre institucional. El gobierno asumió sin nombramientos clave en el sector y sin resolver la dualidad ENEE/Secretaría de Energía establecida por la administración anterior, prolongando la ambigüedad sobre la dirección de las reformas necesarias en el sector eléctrico.
La nueva administración ha dado señales de avanzar en algunas líneas de acción, incluyendo la revisión de la licitación de 1,500 MW y avances iniciales en la focalización del subsidio energético, una medida necesaria aunque presionada en sentido contrario por el choque externo de combustibles. Pero sin reformas estructurales claras, existe el riesgo de que esa licitación —y las que sigan— termine reflejando primas de riesgo elevadas, derivando en contratos a precios poco competitivos. Invertir en energía en Honduras sigue percibiéndose como de alto riesgo, y cada trimestre sin cambios en el sector incrementa el costo del ajuste eventual.
Menor presupuesto, mayor énfasis en eficiencia estatal
El nuevo gobierno reformuló el proyecto de presupuesto para 2026 de la administración anteriorNota al pie 12[12]. El nuevo monto asciende a 444,266 millones de lempiras, una reducción de más de 25 mil millones de lempiras frente a los 469,248 millones de lempiras que se había propuesto (una reducción de 5%). El ajuste implica llevar el déficit del SPNF de 2.2% a 1.0% del PIB —en línea con la Ley de Responsabilidad Fiscal (LRF)Nota al pie 13[13] —, reforzando una estrategia de consolidación fiscal basada en contener el gasto sin crear nuevos impuestos.
¿Dónde se recorta? El mayor ajuste cae en asuntos económicos (−13%, equivalente a −16,316 millones de lempiras), seguido de protección social (−5%), educación (−5%) y medio ambiente (−43%, aunque sobre una base pequeña). El único sector que aumenta es salud (+5%) (Figura 11). La lectura es directa: la nueva administración prioriza austeridad transversal con una excepción explícita en saludNota al pie 14[14].
Figura 11
Variación presupuesto heredado vs. reformulado por finalidad (%)
El presupuesto se financia en un 89% con recursos propios — principalmente recaudación tributaria (equivalente a 17% del PIB) e ingresos de empresas públicas e institutos de previsión. El restante corresponde a endeudamiento (Figura 12). Por otro lado, la inversión pública total asciende a 45,101 millones de lempiras, concentrada en modernización del Estado (30%), carreteras (22%), salud (10%) y energía (10%) (Figura 13).
Figura 12
Presupuesto reformulado 2026 por fuente de financiamiento (%)
Figura 13
Inversión pública por sector, presupuesto reformulado 2026 (millones de Lempiras)
Esta contención del gasto ocurre en un momento donde las obligaciones financieras se acumulan. Como señalamos en el Radar anterior, el servicio de deuda proyectado para 2026 es de 801.8 millones de dólares, con un pico de 1,514.6 millones de dólares en 2027 por el vencimiento de un bono soberano de 700 millones de dólares emitido en 2017Nota al pie 15[15]. A esto se suman los subsidios a combustibles y energía que el propio gobierno ha asumido como respuesta al shock petrolero — un gasto no contemplado en la reformulación original que añade presión a un espacio fiscal ya estrecho.
Regulación laboral: ley de empleo parcial y salario mínimo
Tras 67 días de negociación, la comisión tripartita alcanzó un acuerdo bianual para el salario mínimo de 2026 y 2027, retroactivo al 1 de enero. Los incrementos para 2026 oscilan entre 6% y 7.5% según el tamaño de empresa, por encima de la inflación de 2025 (4.98%).
Pero más allá del acuerdo puntual, el problema con los salarios mínimos en Honduras es estructural. Honduras fija 45 salarios mínimos distintos, una complejidad sin paralelo en la región para un país de su nivel de ingreso. Y los valores no son bajos: el mínimo legal supera al ingreso promedio de los trabajadores (Figura 14). El resultado es que 1 de cada 3 ocupados ganan menos del mínimo que les corresponde (UNAH, 2026). Fijar valores altos no garantiza que se cumplan; paradójicamente, cada aumento amplía la brecha entre la norma y la realidad. La evidencia disponible indica que un incremento de 10% en el salario mínimo reduce el empleo formal en ~8% y aumenta el informal en ~7% (Ham, 2018). Además, como los mínimos aumentan con el tamaño de la empresa, crecer tiene un costo implícito que premia quedarse pequeño e informal.
Figura 14
Razón entre salario mínimo e ingreso mensual promedio en Honduras, 2005-2024
Por otro lado, en marzo el Congreso aprobó la Ley de Empleo a Tiempo Parcial, que regula jornadas de 18 a 32 horas semanales con derechos proporcionales — incluyendo cotización al IHSS, RAP e INFOP. La ley busca formalizar relaciones laborales que hoy existen al margen de toda protección y podría ampliar la participación laboral formal, particularmente entre jóvenes, estudiantes y personas con responsabilidades de cuidado. El riesgo — que los sindicatos han señalado — es que se use para sustituir empleos de jornada completa por parciales. La nueva ley incluye salvaguardas (contrato escrito obligatorio, conversión automática a jornada completa si se superan las 32 horas por tres meses), pero su efectividad dependerá de la capacidad de fiscalización.
Ambos temas apuntan al mismo desafío: Honduras necesita un marco laboral que proteja a los trabajadores y que facilite la inserción a la formalidad. Con más del 70% de la fuerza laboral en condiciones informales, las reglas importan tanto como los montos.
Para cerrar…
Honduras cierra el primer trimestre de 2026 con algunos indicadores macro que, en varios sentidos, son los mejores en décadas: reservas en máximos históricos, riesgo país a la baja, inflación — hasta marzo — dentro del rango de tolerancia. Pero al descomponer esos datos, lo que encontramos es una economía que creció consumiendo, no invirtiendo; que exportó más caro, no tanto más cantidad; y que enfrenta un shock petrolero que presiona simultáneamente la inflación, la balanza de pagos y las finanzas públicas — justo en un contexto de consolidación fiscal.
Los desafíos no son nuevos — la ENEE, la maquila textil, los salarios mínimos llevan años acumulándose. Lo que sí es nuevo es que coinciden con un entorno externo que los agrava. Hay señales que apuntan en buena dirección: el CIADI, la mejora en la perspectiva de S&P, la Ley de Empleo Parcial, la negociación arancelaria con Estados Unidos y un presupuesto orientado a consolidación fiscal. Si se concretan en política efectiva, podrían comenzar a revertir una tendencia de crecimiento que depende demasiado del consumo y muy poco de la inversión.
El margen que Honduras tiene hoy — reservas, inflación contenida, flujos de divisas — no es permanente. Depende de precios del café que pueden corregirse, de remesas atadas a un contexto migratorio incierto y de un conflicto geopolítico cuya duración nadie puede predecir. Usarlo para sentar bases productivas es la tarea; consumirlo sin dejar inversión detrás, el riesgo.